17 noviembre 2014

Inundación (un cuento)


Alambrados ataviados con basura y montañas de dudosa estampa rediseñan el paisaje. Imagen post apocalíptica, mezcla rara de conurbano bonaerense y estilo campo. Las camionetas y los autos pasan de un lado a otro con gente trabajando. Una parte del pueblo estuvo bajo el agua, siempre los mismos barrios. La radio pinta diferentes imágenes para una misma situación, todas ellas húmedas. No me inundé pero decido tomarme el día para dar una mano: cargo guantes, lavandina, desinfectante y me embarco hacia tierras anegadas.

Comienzo a visitar amigas, posibles receptoras de mi impulso energético. Las mismas botellas de agua, baldes, guantes y productos de limpieza prolijamente acomodados me reciben en cada casa. Señal de que el salvataje ya comenzó. Encuentro ante todo tranquilidad, posiblemente producto de una suave resignación. En seguida surge la comparación con el 2009, fecha de la última inundación -esta vez fue menos- me cuentan.

-Por suerte conseguí subir todo- dice mi amiga con voz triunfante. Observo detenidamente, y su “todo” parece mi “algo”, aunque evidentemente es menos que la otra vez. Alguien me muestra unos alambres que, con precaución, amarró a los tirantes del techo, de allí cuelga, inmaculada, toda la ropa que antes descansaba en el ropero. Observo que subir las cosas es toda una ciencia, se necesita prevención, energía, y también cierto método para lograr que toda tu casa entre arriba de unos pocos muebles.

No sé por dónde empezar, me siento medio boluda. Me dicen que no haga nada, que hay que esperar, las cosas tienen que secarse, lo que podía lavarse ya se lavó. -El día bravo fue ayer- me cuentan. Me vuelvo a sentir una boluda. En seguida alguien se apiada y me dice que las sillas del costado están para lavar. Mientras me dedico a ellas, pienso en la inundación, un mar oscuro e ilimitado que dulcemente crece y lo toca todo. El agua tiene un asombroso poder de penetración, mucho más grande que el trapo que tengo en mis manos, pienso. En ese momento oigo la palabra mágica: “hidrolavadora”, y todos mis esfuerzos se revelan inservibles. Me pregunto por qué en este pueblo todo el mundo parece tener una, como si me escuchara, alguien cuenta que se la compró en la inundación anterior.

A punto de considerarme desocupada, surge un inesperado agujero negro: tres muebles de madera aún vírgenes de productos de limpieza. Corremos hacia ellos, desesperadas, librando una guerra a muerte contra lombrices, arañas y gérmenes.

Entre litros de lavandina tomamos mate. Hablamos de cualquier cosa menos del agua. Qué bueno, pienso, porque toda palabra en esta situación suena medio al pedo. Me vienen a la cabeza varias frases escuchadas estos días. Las insistentes preguntas de Julio Bazán queriendo hacer llorar al entrevistado mientras el rio asoma como telón de fondo. -Si sale por TN quiere decir que la inundación existe- recuerdo que alguien dijo. Los discursos políticos de cualquier tipo, que aún bien intencionados, quedan chicos ante la fuerza de la naturaleza y el dolor de unos cuantos. Periodistas lanzando noticias sin chequear la información, mientras otros dormían frente al micrófono como si no pasara nada.

Alguien me pasa el mate y dice no sé qué acerca de la sociedad de consumo y el capitalismo. Empieza a oscurecer, todavía quedan cosas por hacer y me preparo para partir. -No es mala onda, pero el agua rompió la ruta y tengo que volver por otro camino- digo. Subo al auto y en la radio están dando el pronóstico meteorológico, respiro aliviada, dan buen tiempo para los próximos días.

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