06 junio 2013

Mudanza



Me mudé. Otros aires, otras tierras. Volví a Villa Lia, el pueblito donde me crié hasta los 17 años. 
He aquí, entonces, mis primeras máximas sobre mi vida pueblerina:



1.- Si no sabés qué número salió en la quiniela, no existís.

2.- Es mentira que en un pueblo nunca pasa nada. Pasa de todo. Porque cualquier mínima cosa que te pase, a vos, a tu vecino o al vecino de tu vecino es digna de ser nombrada, opinada o recreada.

3.- En el campo hay mucho bicho, más que en la ciudad.

4.- Sé muy medido/a en tus palabras porque la persona que tenés al lado podría ser: hijo de una compañera de inglés de tu papá, marido de la depiladora de tu difunta abuela, padre de un compañerito de tu hijo de jardín, amante de la mujer del comisario y tu psicólogo (todo al mismo tiempo).

5.- En el campo hay mucha tierra, más que en la ciudad.

6.- Por más que te vayas a vivir al campo, la cantidad de hijxs o su proporcional incidencia en tu vida diaria no disminuye, al contrario, podría llegar a aumentar.

7.- El campo no está hecho para trabajar, ya que el aire, el sol y el sonido de los pájaros no te deja otra posibilidad que echarte una siesta.

8.- Para tener tu propia huerta hace falta algo más que un pedazo de tierra.

9.- El grado de paranoia acerca de la inseguridad es mucho menor en un pueblo e inversamente proporcional a la cantidad de bicicletas, motos tiradas y niñxs  jugando en las aceras o en la vía pública.

 10.- El grado de autos, supermercados chinos, restaurantes, militantes, semáforos, supermercados en general, cines, teatros, malabaristas en semáforos, maxi kioscos, embotellamientos y gente (entre otras cosas) es mucho menor en un pueblo que en una ciudad.

Fin, por ahora.

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